Patricia peñaloza: Ruta sonora



Con pocos elementos técnicos, pero un amplio universo personal solitario, crudo y brutalmente honesto, el cantautor estadunidense Daniel Johnston lograba en vivo y en grabación, sacudir almas al emitir su voz temblorosa y rítmica errática. Sus conciertos no sobrepasaban la media hora, sentado con las letras impresas al frente, sin tener claro el paso del tiempo, siempre con alguien guiándole, indicándole en qué lugar estaba, pues usualmente no sabía en qué país, en qué ciudad, estaba actuando. De manera asombrosa, a pesar de que padecía bipolaridad y esquizofrenia, y vivía permanentemente medicado, lograba sostener una parte de su mente atada a la realidad para ofrecer sus canciones folk rudimentarias, creadas desde inicios de los años 80 hasta 2012, grabadas en cassette al principio, siempre con la zona cerebral de la creación y los sentimientos intacta, diáfana, sin filtros; siempre reuniendo una agraciada armonía entre la ternura, el desgarre y el desequilibrio mental. Sin embargo, esa armonía sostenida por fármacos, también le llevó a la muerte: su consumo permanente le causó severos daños en el hígado, sumados a complicaciones por diabetes. Así, a los 58 años, el corazón de uno de los más enigmáticos artistas folk de culto, de línea independiente, de fines del siglo XX e inicios del XXI, héroe inspirador de la generación grunge, dejó de latir por infarto el miércoles 11, a dos años de haber anunciado su retiro musical.



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