Obispos estadunidenses, en la mira por omisión en agresiones a seminaristas


Afp

 

Periódico La Jornada
Martes 17 de noviembre de 2020, p. 39

El informe que documenta cómo un depredador sexual –el cardenal estadunidense expulsado del sacerdocio Theodore McCarrick– pudo hacer una prestigiosa carrera revela la indiferencia de la jerarquía católica con jóvenes sacerdotes agredidos y es un desastre para la Iglesia estadunidense.

De 450 páginas, el informe publicado la semana pasada por la Santa Sede resuena como advertencia a la Conferencia de Obispos Católicos estadunidenses.

Detalla una serie de denuncias de jóvenes sacerdotes y seminaristas sometidos a agresiones sexuales que varios obispos estadunidenses no se tomaron en serio ni abrieron una investigación.

En el contexto actual de vigilancia extrema, estos obispos serían apartados, afirma el sacerdote James Martin, editorialista de la revista jesuita América.

El informe alerta al episcopado estadunidense que su correspondencia podría hacerse pública en el futuro, señala. De hecho la Santa Sede ha reproducido íntegramente misivas en el mismo. Lo nunca visto.

Documenta también el proceso de selección de los obispos, una maquinaria para evitar escándalos públicos, donde prima la defensa de la jerarquía sobre sacerdotes y fieles y que el papa Francisco denuncia con el término de clericalismo, la primera causa, según él, de abusos sexuales.

McCarrick, nacido en 1930, y convertido en obispo en Nueva York en 1977, promovido en dos ocasiones en Nueva Jersey, en Metuchen en 1981 y en Newark en 1986, superó sin problemas las supuestas investigaciones que cada nombramiento exigía.

Ya había rumores sobre su modus operandi en Nueva Jersey. Organizaba encuentros los fines de semana en su casa en la costa con jóvenes seminaristas o sacerdotes, varios a la vez, y siempre le faltaba una cama cuando llegaba la noche, entonces el obispo invitaba a un joven a dormir en la suya.

Las víctimas, a pesar del miedo e intimidadas por un hombre que podría afectar su ordenación, lo denunciaron a su jerarquía en los años 80 y 90, pero hubo que esperar una denuncia en 2017, de un menor en el momento de los hechos (años 70), para separar de la Iglesia al influyente cardenal.



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