Mi hermano Oscar | ELIMPARCIAL.COM


El pasado seis de enero (Noroñazo al Capitolio), hubiera cumplido 74 años, presumía haber sido el regalo de Reyes para nuestra madre. En otras ocasiones he compartido con el ecológico lector algunas de sus travesuras y hazañas y, este frío domingo invernal viene a mi memoria un incidente en el que fue el principal protagonista, hace 57 años. En la década de los años sesenta logramos explorar la vasta zona geológica de Cerro Prieto, gracias al Jeep amarillo que mi padre nos había “soltado” años atrás, y con mi hermano Oscar, mi primo Edmundo Landeros Olmedo y varios amigos, integramos un compacto y eficiente equipo de caza.

Entonces la zona volcánica estaba sola, sin caminos ni gente, pero plagada de lagunas a las que acudían en invierno cuando menos 13 especies de patos, tres de gansos y la portentosa grulla gris que mi padre y amigos cazaban para los tamales de Navidad. Pero donde hay cazadores hay aves heridas, y la zona tenía también una buena población de coyotes hambrientos.

En el invierno de 1964-1965, yo era estudiante de licenciatura, con la pretensión de obtener, cosa que logré, el Título de Licenciado en Administración de Empresas de la segunda generación de CETYS Universidad. Y fue un domingo como éste, que salimos a pescar mi padre y yo, que Oscar se reusó y se quedó en casa, porque ya tenía un plan secreto. Tan pronto salimos, Oscar convenció al pequeño Armando, de entonces escasos 8 años, a acompañarlo a cazar patos a Cerro Prieto en el legendario Jeep amarillo modelo 1955.

Mi hermano intentó emularme subiendo y cruzando bordos altos de una laguna a otra en el 4X4. Armando recuerda que al tercer intento, se atascaron en un lodo volcánico que le llegó a sus manos agarrado de la carrocería. El Jeep no tenía techo ni puertas y, transitar en él durante el invierno, era toda una proeza. Al ver que solos no podrían sacar al carro del embancamiento, Oscar tomó una decisión rápida, acertada pero riesgosa. Decidió dejar al pequeño Mandi con la escopeta Browning Auto5 de mi padre cargada, para defenderse de los coyotes o cualquier visitante con malas intenciones, y salió a pie hasta la carretera del Ejido Nuevo León.

A medio día llegó de “raite” a la casa batido en lodo y muy preocupado, ¡pero todos lo fuimos más al imaginar al menor y consentido de la familia en las condiciones que lo había dejado! Inmediatamente salimos varios en “El Avispón”, el pickup de mi tío don Edmundo Landeros, con cadenas, gatos, palancas, etc. Antes de caer el Sol, llegamos al Jeep y al estoico y pequeño guardián. Esa tarde no pudimos sacarlo. Fue hasta el lunes siguiente, que con don Pablo Martínez, su Jeep y mi padre, sacaron del lodo al “Honkermóbil”, como lo llamaba Alfredo Nuño.

Y si ustedes imaginan la paliza que le dieron a Oscar, pues se las debo. ¡Mi padre aclamó a sus hijos por valientes! Fotos en FB

*- El autor es investigador ambiental.

 



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