Luis Pacheco: Petróleo en tiempos de pandemia



“Si esto fuera una obra montada sobre un escenario, podría condenarla como una ficción improbable”.
William Shakespeare, Noche de Reyes.

Mientras el mundo civilizado de la tercera década del siglo XXI se debatía sobre las amenazas presentadas por los militantes islámicos, la guerra en el Yemen, las veleidades del dictador norcoreano, la guerra comercial entre China y los Estados Unidos, los efectos del Brexit y las amenazas para la humanidad del rápido progreso de la Inteligencia Artificial, entre otras, en un ciudad de China llamada Wuhan una partícula orgánica (coronavirus) de tamaño entre 50 y 200 nanómetros (10-9 metros) de diámetro acechaba; pocos imaginaban que este minúsculo enemigo paralizaría el mundo.

Mientras la amenaza de una pandemia se desarrollaba tras bastidores, en el mercado petrolero se gestaba una tormenta de diferente naturaleza. La alianza conocida como OPEP+ (un grupo de 24 países productores de petróleo, compuesto por los 14 países de la OPEP y otros 10 países productores, incluyendo Rusia) comenzaba a mostrar muestras de fractura.

La Alianza fue formada a finales de 2016, con miras a coordinar producción y estabilizar los precios. Desde entonces el grupo ha cortado/incrementado su producción en respuesta a los cambios del precio del petróleo en el mercado internacional.

Para finales del 2019, la OPEP representaba alrededor de un tercio del suministro mundial de petróleo, que con los miembros que no pertenecen a la OPEP sumaban casi la mitad del suministro de petróleo del mundo. El mayor productor de energía del mundo, Estados Unidos, no forma parte del acuerdo, ni China u otros productores occidentales líderes como México, Brasil, Canadá y Noruega.

En diciembre de 2019, ya Rusia había comenzado a dar señales de no estar del todo satisfecho con el arreglo, ya que entre cosas percibía que la agenda de Arabia Saudita estaba sesgada a mantener los precios relativamente altos para apuntalar el valor de Saudi Aramco -la compañía estatal saudí-. Demás está decir que, como históricamente ha ocurrido en muchos de estos arreglos, el cumplimiento con los acuerdos de cuota de producción OPEP+ ha sido sumamente irregular.

Como resultado de la ralentización de la economía china, y por ende la caída en su demanda petrolera, a raíz de los efectos del coronavirus desde finales del 2019; la OPEP, reunida en Viena en marzo 5 del 2020, decidió cortar su producción en unos 1,5 millones de barriles por día adicionales, haciendo un llamado a sus socios en OPEP+ a acatar la decisión. Un día después, Rusia decidió no unirse a la decisión de la OPEP, marcando el cese de la Alianza por los momentos.

El 8 de marzo, a raíz de la decisión de Rusia, Arabia Saudita anunció inesperadamente descuentos de precios de 6 a 8 dólares por barril a clientes en Europa, Asia y los Estados Unidos. El anuncio provocó una caída libre en los precios del petróleo, con el crudo marcador Brent cayendo en un 30%, la mayor caída desde la Guerra del Golfo. El West Texas Intermediate (WTI) cayó un 20%. El 9 de marzo de 2020, los mercados bursátiles de todo el mundo informaron pérdidas importantes gracias en parte a una combinación de guerra de precios del petróleo y temores sobre el brote de coronavirus. Los efectos no se hicieron esperar fuera de los precios del petróleo y los mercados de valores también. El 10 de marzo, Arabia Saudita anunció que aumentaría su producción de 9,7 millones de barriles por día a 12,3 millones, mientras que Rusia planeaba aumentar la producción de petróleo en 500.000 barriles por día -muchos analistas califican esto como una guerra de precios, aunque Rusia y Arabia Saudita no necesariamente la toman como tal-.

Desde entonces, el precio del petróleo ha tenido una alta volatilidad, ya no solo producto de la “guerra de precios”, si no de la imparable ralentización de la economía mundial y la inevitable caída en la demanda petrolera. Durante el mes de marzo el precio del crudo ha tocado los niveles más bajos de los últimos veinte años (20 dólares/barril de WTI).

En eventos que se suceden muy rápidamente, el mundo ha pasado de ser observador interesado en como China enfrentaba su crisis de salud y económica, a ser tomado casi por sorpresa por una pandemia que en los últimos días empieza a impactar la sociedad y la economía de todo el planeta, sin distinguir países, religión o color; la naturaleza se empeña en darle una lección de igualdad a la raza humana.

Sería presuntuoso especular si los rusos y los saudíes habían factorizado o no el cambiante escenario económico dentro de sus cálculos, y que ahora solo esperan a recabar los réditos de una estrategia donde la producción de petróleo no convencional norteamericana pareciera ser el enemigo a vencer. Una explicación menos sofisticada es que está enfrentando consecuencias no esperadas. En Moscú y Riad deben ser muchas la preguntas sin respuestas que circulan por los corredores del poder, y pronto comenzará la búsqueda de los culpables.

En el “mientras tanto”, en el mercado petrolero los productores de alto costo se enfrentan a disyuntivas de vida o muerte económica, al menos en el corto plazo. Los efectos de la caída de precios tomarán un tiempo en provocar cambios estructurales del lado del suministro; y del otro lado seguramente habrá respuestas tecnológicas otra vez para bajar los costos de producción -tampoco es fácil saber el efecto de la depresión económica en la destrucción de demanda en el mediano plazo-. Ya hay analistas muy sesudos que hablan de que en el corto plazo puede haber una baja en la demanda de hasta 6 millones de barriles de crudo por día.

Sin querer extrapolar en línea recta la coyuntura actual, un petróleo barato ayudaría sin duda a la recuperación económica, una vez que se puedan estabilizar los efectos de la pandemia. Por otro lado, un barril relativamente barato (30-40 dólares/barril) retrasaría la velocidad de la transición energética, mientras subraya la importancia de los hidrocarburos para la sobrevivencia del bienestar de la sociedad, al menos en el mediano plazo, pero sobre todo en una situación de crisis como esta.

Me atrevería adelantar que lo que ocurre en el mercado petrolero se asemeja más al “efecto mariposa”, una idea que se usa más comúnmente en la teoría del caos y que postula que un pequeño cambio puede hacer que ocurran cambios mucho mayores e inesperados. Las bolas de cristal son una pobre herramienta para predecir el futuro, y en este caso en particular es prematuro usarlas.

La raza humana tiene propensión a pensar de manera catastrófica y a ver toda crisis como existencial, esta última no va a ser diferente. Cambios seguramente vendrán y con ellos oportunidades, que los astutos y los osados tratarán de capturar mientras el resto se paraliza, el sector de energía no escapará a esta ola.

Para Venezuela, en particular, es una tragedia dentro de una tragedia. Con una industria petrolera en minusvalía y con una economía resquebrajada, la caída de los precios del petróleo y la pandemia le asestan golpes mortales a la población menos favorecida, que tiene pocas o ninguna herramienta para enfrenta la crisis: Una receta segura para la anarquía y con suerte para generar un cambio necesario.


*Presidente de la junta administradora ad hoc de PDVSA.

Publicado originalmente en La Gran Aldea el 24 de marzo de 2020



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