La mosca del señor Gregory


Leonora Carrington

 

Periódico La Jornada
Jueves 8 de abril de 2021, p. 5

Con autorización del Fondo de Cultura Económica, ofrecemos a nuestros lectores en esta página dos de los tres cuentos inéditos de Leonora Carrington que se incluyen en Cuentos Completos.

Había una vez un hombre con un gran bigote. Se llamaba señor Gregory (el hombre y el bigote tenían el mismo nombre). Desde su juventud, al señor Gregory lo molestaba una mosca que se le metía a la boca cuando hablaba, mientras que cuando alguien le hablaba a él, la mosca salía volando de su oreja.

–Esta mosca me molesta–le dijo el señor Gregory a su esposa. Y ella contestó:

–Te entiendo, y se ve feo. Debes consultar a un doctor.

Pero ningún doctor pudo curarlo de su mosca. Fue a ver a muchos, pero todos le decían que nunca habían oído hablar de ese padecimiento.

Un día el señor Gregory fue a ver a otro doctor, pero se equivocó de dirección y acabó en el consultorio de una comadrona. Era una mujer muy sabia, que dominaba muchos temas aparte de ayudar a traer niños al mundo.

–Ah, sí, la mosca, he oído hablar de eso –respondió la sabia mujer cuando el señor Gregory entró y dijo:

–Perdón, creí que éste era el consultorio del doctor Fontin –no bien hubo dicho esas palabras, cuando la mosca, como de costumbre, voló hacia su boca.

–Yo sí sé cómo curarte de la mosca –dijo la mujer sabia.

–Encantado de conocerla, señora –replicó el señor Gregory.

La mujer le ofreció asiento.

–En efecto, sé cómo curarlo de la mosca, pero va a ser caro. Le va a costar tres cuartas partes de todo lo que posee.

El señor Gregory se sobresaltó un poco y después accedió:

–De acuerdo.

Y se puso a escribir una carta.

Por medio de la presente, cedo mi casa a la sabia comadrona [la casa no estaba a su nombre]. Le doy a mi esposa [de la que quería deshacerse de por sí], diez chelines en efectivo [no los tenía] y una vaca [que en realidad era un toro bravo].

George Lawrence Gregory [ése sí es su nombre real].

La sabía mujer se había dado cuenta perfectamente de que el señor Gregory mentía en esa carta, pero no dijo nada, sólo la tomó y escupió al suelo. Luego le dio unas píldoras al señor Gregory y le dijo:

–Debe tomar dos pastillas después de cada comida, con un té hecho con gotitas de mostaza en agua de cocción de tallarines. Eso es todo el tratamiento.

–Muchas gracias –dijo el señor Gregory y se despidió muy satisfecho.

De inmediato, el señor Gregory comenzó su tratamiento, tomando con diligencia las píldoras y el té de gotitas de mostaza en agua de cocción de tallarines, según las instrucciones de la comadrona. Al día siguiente, la mosca había desaparecido, pero el señor Gregory se había vuelto azul marino y tenía cremalleras rojas en los orificios de su cuerpo.

–Esto es peor que la mosca –afirmó su esposa, pero el señor Gregory no protestó, porque sabía que le había hecho trampa a la mujer sabia. Me lo merezco, pensaba. Si volviera la mosquita, qué feliz sería. Pero seguía con la piel azul marino y las cremalleras rojas, y así se quedó hasta el fin de sus días. Realmente se veía muy feo, en especial cuando estaba desnudo en el baño.



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