Armando Ramírez confirió legitimidad literaria a la sabiduría popular, define su editor



Armando Ramírez confirió legitimidad literaria a la sabiduría popular, define su editor

Ericka Montaño Garfias

 

Periódico La Jornada
Jueves 11 de julio de 2019, p. 4

Uno de los grandes valores de la obra de Armando Ramírez, fallecido ayer, es que otorgó legitimidad literaria a la sabiduría popular de la Ciudad de México, sostiene el editor Ariel Rosales, quien trabajó con el periodista y cronista en varios de sus libros publicados por el sello Grijalbo, ahora del Grupo Penguin Random House.

El autor ‘‘nació y creció en el barrio de Tepito y eso creo que es muy importante. Fue una suerte de Chava Flores de la ficción, trascendiendo a un nivel que guste o no, muchas personas no estarán de acuerdo; yo por supuesto que lo afirmo: trascendió a un nivel artístico, mas allá del mero folclor. Su autenticidad es que eso era muy fuerte en él, era auténtico porque era de Tepito. No era algo falso, así era él, así era en su trato, como sus libros, como hablaban sus personajes”, añade el editor en entrevista con La Jornada.

‘‘Su autenticidad resistió todos los embates y sobre todo cuando la ejerció dentro de la escritura, aunque tampoco se debe olvidar que supo trasladar su talento a la televisión y que incorporó al habla chilanga la expresión ‘qué tanto es tantito’, que se la oyó a algún mecapalero de la Merced. Ese es el tipo de cosas que registraba Armando. Ignoro si tiene alumnos o seguidores, habría que detectarlos. De alguna manera Jaime López con su chilanga banda creo que recibió la influencia de Armando como cantante.”

Algunos datos sobre la figura de Armando Ramírez (Ciudad de México, 1952): “él es en realidad un descubrimiento de Luis Guillermo Piazza, quien era editor de Novaro, una editorial muy poderosa. Piazza le publicó a José Agustín la primera versión de La tumba, y también él fue el que publicó por primera vez a Luis Zapata con El vampiro de la colonia Roma”.

Artífice de una obra muy consistente

Cuando Ariel Rosales llegó a Grijalbo en 1988, Armando Ramírez ya había publicado algunas de sus obras emblemáticas: Chin chin el teporocho, La crónica de los chorrocientos mil días de Tepito, ‘‘que no es ficción, sino crónica”, además de Quinceañera y Noche de Califas.


▲ Armando Ramírez, en el Centro Histórico, con el reconocimiento que le entregó la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en 2011.Foto María Meléndrez Parada/La Jornada

‘‘Esas ya estaban cuando yo llegué. En 1994 le publiqué Me llaman La chata Aguayo, que era la historia de una cacique, otro que era muy chistoso Sóstenes San Jasmeo, eso fue en 1998, y luego dos libros realmente increíbles, de sátira política. Se fue yendo con todo su estilo popular hacia a la sátira política y entonces en 2006 le publiqué con Grijalbo El presidente entoloachado, una sátira sobre Fox, y al año siguiente su continuación, que se llamó La chachalaca, el pelele y el legítimo.”

En su opinión ‘‘fue sin duda el creador de una obra muy consistente. Son muchos sus libros, porque me estoy saltando los que publicó ya con el sello Océano, como La casa de los ajolotes, ¡Pantaletas! y otros ”.

Deuda con el autor de Chin chin el teporocho

Hay una deuda, y es que los libros de Ramírez no se han reditado a pesar de que títulos como Chin chin el teporocho se vendían muy bien. ‘‘Creo que ahí le estamos fallando nosotros los editores, pero también los distribuidores, las librerías. En eso es muy cruel el medio mexicano. Es increíble que un escritor como Armando no se esté reditando continuamente y que se dé a conocer a las nuevas generaciones.

‘‘Estoy seguro –añade Ariel Rosales– que él era una escuela de cultura popular al servicio del arte auténtico. Él era cultura popular, la había asimilado de tal manera y de una manera auténtica que podía trasladarla a la expresión literaria, al arte y creo que ese es su gran valor. Lo único que se me ocurre es darle las gracias por su gran aportación y porque fui su editor. Mi relación con él como editor fue muy estrecha, de harta comprensión; me fascinaba el personaje, nos entendíamos muy bien y, como sucede en ese tipo de relación editor-autor, hubo un afecto siempre. Sólo se me ocurre darle las gracias y despedirme de él con el corazón en la mano.”



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