La vida es como un balón de fútbol


El fútbol es como la vida, como pensaba el novelista británico Walter Scott: a veces anotas un gol inolvidable, en otras pierdes oportunidades para introducir el balón en el arco contrario; hay partidos que ganas sin merecerlo y otros que pierdes, aunque te esfuerces hasta el último minuto; hay faltas flagrantes que ningún árbitro quiere destacar y otras acciones que se inventan los rivales y el señor del silbato canta con ganas.

Por eso, tal carga emotiva y cotidiana ha sido utilizada por los expertos en conocer, comprender e indagar todos los vericuetos que tiene el alma humana: los escritores.

No se crea que estamos ante una atracción de reciente data. ¡Qué va!

Las primeras referencias no proceden de los bardos españoles Rafael Alberti y Miguel Hernández, o los relatos del argentino Adolfo Bioy Casares, o los poemas del alemán Günter Grass, o los cuentos del irlandés Roddy Kane o los del mexicano Juan Villoro.

El mismísimo William Shakespeare fue quien usó el fútbol como elemento dramático en sus piezas teatrales El Rey Lear y la Comedia de los errores.

El escritor inglés, Anthony Burgess, manifestó sobre el deporte más conocido del planeta: “Cinco días son para trabajar, como dice la Biblia. El séptimo día es para el Señor, tu Dios. El sexto día es para el futbol”.

Sociedad

Porque más de un miembro de la comunidad literaria mundial ha encontrado en el balompié la ocasión para escribir historias de superación o derrota, de violencia o desasosiego, de traición o sobrevivencia, de lealtad o compromiso, y por eso, el fútbol les permite entender el comportamiento de una sociedad.

Por ejemplo, el lema de Pier Paolo Pasolini era Dime cómo juegas y te diré quién eres. El escritor y realizador italiano lo resumió así: “Por razones de cultura y de historia, el fútbol de algunos pueblos es fundamentalmente prosaico: prosa realista o prosa estetizante, este último es el caso de Italia, mientras que el fútbol de otros pueblos es fundamentalmente poético”.

Hay quienes, como el británico Terry Pratchett en su novela El atlético invisible, aprenden que el fútbol es mucho más que llevar a cabo la jugada perfecta, porque al final lo que de verdad importa “es compartir. Ser parte de la multitud. Es cantar todos unidos. Es el conjunto. El todo”.

Lo que todavía hoy le maravilla al novelista y ensayista español Javier Marías, en su valioso libro Salvajes y sentimentales, es cómo el fútbol es capaz de emocionar de manera impactante y permanente, ya seas un pequeño revoltoso o un adulto serio: “no hay deporte que más angustie, cuando es angustioso. Es más, en mi caso particular, confesaré que es de las pocas cosas que me hacen reaccionar hoy en día de la misma manera —exacta— en que reaccionaba cuando tenía 10 años y era un salvaje, la verdadera recuperación semanal de la infancia”.

Uno de los personajes de la genial novela Fiebre en las gradas, del británico Nick Hornby, se confiesa sin dobleces y en completa sinceridad: “Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo”.

Uno de los más grandes amantes de las letras y el fútbol de América Latina, el uruguayo Eduardo Galeano, en su indispensable obra El fútbol a sol y sombra, comparte con el resto de los hinchas su declaración más pura de amor por este deporte sin fecha de caducidad: “Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

El filósofo francés ,Albert Camus , señaló en una ocasión: “todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Participantes

Hay narradores que no tendrían la habilidad de formar parte de un equipo que esté hoy en el Mundial de fútbol de Rusia, pero su revancha es hacerlo con destreza desde los terrenos de la imaginación.

Allí está el chileno Roberto Bolaño, quien no habrá sido fichado por ningún club, pero en su cuento Buba observa cómo un futbolista sureño formaba parte de las filas de un onceno barcelonés y su desempeño deportivo cambia cuando conoce a un colega africano.

Está el poeta ruso Yevgeny Yevtushenko, quien en más de una ocasión leyó sus versos en estadios de fútbol con hombres y mujeres atentos a sus versos como si estuvieran viendo un partido de una final de la Liga de Campeones de la UEFA.

Otros se declaraban admiradores de sus clubes sin ningún remordimiento ni pena, como debe ser. El filósofo y dramaturgo francés Jean Paul Sartre era hincha de corazón del París St Germain, y la poetisa española Ana María Moix sabía tanto de versos, lecturas y composición, como de estadísticas en torno a su querido Barça.

En tanto, el novelista británico Julian Barnes apoyaba a rabiar al equipo Leicester City, y el cuentista y poeta uruguayo Mario Benedetti era admirador acérrimo del Nacional de Montevideo.

No hay alegría más grande para el indio-británico Salman Rushdie que ver triunfar al Tottenham Hotspur Football Club.

En Argentina sobran las muestras. El periodista y ensayista Martín Caparrós adora el Boca Junior; el cuentista Roberto Fontanarrosa era fanático del Club Atlético Rosario Central, y un especial amor sentía el novelista Ernesto Sábato por el Club Estudiantes de La Plata.

El escritor y periodista español, Manuel Vázquez Montalbán, opinó que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño”.

En el terreno

Hay escritores que han ido más allá en su adoración por el balón.

Además de construir geniales historias de ficción desde la comodidad de su sala o desde la seguridad de su estudio, han estado en el campo de juego viviendo las experiencias necesarias desde las fauces de ese animal fascinante y hambriento que es un estadio de fútbol.

Ese es el caso de Albert Camus, francés nacido en Argelia; Vladimir Nabokov, de origen ruso, y el francés Henry de Montherlant, quienes tuvieron la responsabilidad de ser porteros de equipos estudiantiles.

Camus lo hizo en Argel, Nabokov jugó en Cambridge y Henry de Montherlant en París. Mientras que el italiano Pier Paolo Pasolini fue jugador activo del equipo de Bologna.

Tanto cariño porque el fútbol es el reflejo de la vida misma, como señaló el dramaturgo británico J. B. Priestly: “Decir que pagaron para ver a 22 mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa, y ‘Hamlet’, papel y tinta”.



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